La versión del Rainy Day Woman No 12 35 de los Beatles en las sesiones del Let it be

«Rainy Day Women #12 & 35» no nació para ser himno de nada. Dylan la dejó caer en 1966 como quien suelta una broma en medio de una conversación seria: acordes sencillos, una trompeta desenfadada y ese coro que invitaba a la complicidad más que a la solemnidad. Abrió Blonde on Blonde con el espíritu de una fiesta improvisada en un sótano de Nashville, donde lo único que importaba era el momento presente y la música que nacía sin pretensiones.

Año y medio después, en enero de 1969, cuatro músicos en Londres intentaban recomponer algo que ya se les escapaba entre las manos. Las sesiones para lo que sería Let It Be transcurrían entre el frío del estudio y el peso de los años compartidos. El día 28, mientras Paul McCartney se ausentaba brevemente, John Lennon tomó la guitarra y, como quien busca aire fresco en una habitación cargada, entonó los primeros acordes de aquella canción de Dylan. George siguió el ritmo, Ringo marcó el compás con naturalidad y Billy Preston añadió el teclado con esa gracia que solo él sabía dar. Duró poco más de un minuto —un instante fugaz capturado en las cintas—, pero en ese minuto volvió a respirarse algo que las sesiones habían perdido: la alegría de tocar por el mero hecho de tocar.

No fue para el álbum. No hubo arreglos ni segundas tomas. Fue simplemente un guiño entre músicos, un recordatorio de que antes de ser leyendas habían sido muchachos que descubrieron en las canciones de un tal Zimmerman de Minnesota una forma distinta de entender la música. Y en medio de la tensión creativa de aquel enero londinense, ese breve viaje a Nashville supuso, por unos segundos, un respiro bajo la lluvia.

Estos fragmentos de las jams que hacían los Beatles en el estudio estuvieron durante años circulando en cintas pirata. No fue hasta que Peter Jackson hiciera el montaje de 2021 que vieran la luz de forma oficinal como testimonio del ánimo del grupo durante las legendarias sesiones.

No fue el único guiño a Dylan en aquellas jornadas: el 2 de enero, casi al comienzo de las sesiones, habían ensayado con calma «I Shall Be Released», como buscando en las palabras del poeta de Hibbing un consuelo que por entonces les costaba encontrar entre ellos mismos. Y es que en el fondo, como Dylan dejó claro en su momento, «Rainy Day Women» nunca fue una canción sobre evasión o desenfreno: «Habla de lo que le hacen a cualquiera que se sale del camino marcado», dijo entonces.

Quizá por eso resonó tanto en aquel estudio londinense: porque en enero de 1969, cuatro músicos intentaban, nota a nota, redefinir su propio camino mientras el mundo esperaba que siguieran el trazado de antaño. Y por un minuto, bajo la lluvia imaginaria de una canción ajena, volvieron a caminar ligeros.


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