En febrero de 1964, los Beatles desembarcan en Nueva York y su recién lanzado single I Wanna Hold Your Hand está dejando huella en los músicos norteamericanos con su inconfundible armonía vocal y su combinación de acordes. El 28 de agosto, el periodista Al Aronowitz organiza el encuentro entre Dylan y los Beatles en el hotel en el que se estaban alojando. Este momento se convertirá en uno de los más importantes de la historia de la música moderna al nacer una auténtica amistad entre los cinco y una inspiración mutua.
Bob Dylan ya había empezado su distanciamiento del movimiento folk, rompiendo con sus conexiones y canciones anteriores, que desprecia tanto en privado como en público.
Tras su metamorfosis en Another Side Of Bob Dylan, el cantautor afronta el nuevo año (1965) como un hito en su trayectoria, una fractura en la historia de la música contemporánea. En apenas doce meses, Dylan lanza dos álbumes que transformaron radicalmente el lenguaje de la canción popular, emprende giras que dividen al público y redefine su papel como artista, pasando de ser la voz de una generación a convertirse en su enigma más provocador.
Hoy, al conmemorar los sesenta años de Highway 61 Revisited, es imposible separar ese disco del torbellino creativo en el que nació. No surgió en el vacío: fue el punto culminante de una primavera incendiaria que Dylan había iniciado con Bringing It All Back Home y una gira británica que marcó un antes y un después. Porque 1965 no fue solo un álbum. Fue un año entero de revolución sonora.
Marzo. Bringing It All Back Home. La primera puerta
El 22 de marzo de 1965, Columbia Records lanzaba Bringing It All Back Home, un álbum que rompía con todo lo que hasta entonces se esperaba de Bob Dylan. La portada ya anunciaba el cambio: Dylan sentado en un sofá, acariciando al misterioso gato, con una expresión entre irónica y ausente, mientras al fondo, Sally Grossman fuma un cigarrillo. No había pancartas, ni guitarras acústicas, ni consignas. Solo una atmósfera inquietante, casi surrealista.
El disco estaba dividido en dos caras deliberadamente opuestas. La primera, eléctrica, con una banda completa: bajo, batería, piano, guitarra y, por primera vez en su discografía, una producción que sonaba urbana, nerviosa, moderna. La segunda, acústica, solitaria, introspectiva, como un eco de sus trabajos anteriores, pero ya teñida de una nueva complejidad lírica.
Canciones como Subterranean Homesick Blues abrían el álbum con una ráfaga de imágenes vertiginosas y un ritmo que anticipaba el rap antes de que existiera el nombre. Maggie’s Farm se convertiría en himno de desobediencia generacional, aunque Dylan nunca quiso que lo interpretaran así. Y en la cara acústica, Mr. Tambourine Man y It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding) mostraban que su poesía no había perdido fuerza, sino que se había vuelto más densa, más visionaria.
La crítica no supo qué hacer con el álbum. Algunos lo elogiaron como una obra maestra; otros lo vieron como una traición al movimiento folk del que Dylan había sido figura central. Pero lo que pocos entendieron en ese momento era que Dylan ya no estaba escribiendo para un movimiento. Estaba escribiendo para sí mismo y, sin quererlo, para el futuro del rock.
Bringing It All Back Home no fue solo un nuevo disco. Fue la primera puerta que Dylan abrió de par en par hacia un territorio desconocido. Y detrás de ella, ya se escuchaba el rugido de Highway 61 Revisited.

Abril–Mayo. La gira británica y el nacimiento del mito en vivo
Apenas unas semanas después del lanzamiento de Bringing It All Back Home, Dylan cruzó el Atlántico para una gira por el Reino Unido que se convertiría en una de las más legendarias de su carrera. Entre el 29 de abril y el 10 de mayo de 1965, actuó en pequeños teatros y salas de concierto, acompañado en los primeros shows solo por su guitarra acústica y su armónica. Pero algo había cambiado: el público ya no sabía qué esperar de él.
La tensión estalló cuando, en los ensayos previos a la gira, Dylan comenzó a trabajar con un grupo de músicos canadienses que tocaban bajo el nombre de The Hawks: Robbie Robertson, Garth Hudson, Richard Manuel, Rick Danko y Levon Helm. Aunque Helm abandonaría temporalmente la gira por agotamiento, los demás permanecieron, forjando una química ruda, intensa, casi salvaje. Juntos, ensayaron versiones eléctricas de canciones antiguas y nuevas composiciones que aún no habían sido grabadas.
Los conciertos del 9 y 10 de mayo en el Royal Albert Hall de Londres fueron el clímax de esa gira. En la primera parte, Dylan actuaba solo, como dando un sermón en el templo. En la segunda, regresaba con The Hawks, enchufaba la guitarra y desataba un sonido que muchos en la audiencia consideraron una traición. Los abucheos se mezclaban con los aplausos; los puristas del folk veían desmoronarse su ídolo, mientras una minoría atenta percibía que algo nuevo estaba naciendo.
Aunque el famoso grito de “¡Judas!” no ocurrió en Londres sino en Manchester el 17 de mayo, su espíritu ya flotaba en todas las salas británicas: Dylan ya no era el profeta del folk, sino un artista que se negaba a ser encasillado. Esa gira no solo marcó su ruptura con el pasado, sino que forjó la actitud, el sonido y la energía que impregnarían Highway 61 Revisited. Las canciones que sonarían meses después en los estudios de Nueva York ya habían sido probadas en los escenarios ingleses.
Junio–Agosto. El estudio como campo de batalla
A su regreso a Estados Unidos, Dylan no se detuvo. Apenas un mes después de terminar la gira británica, el 15 de junio de 1965 entró al Studio A de Columbia Records en Nueva York con una maleta llena de letras y una determinación feroz. Lo acompañaban músicos que entendían el nuevo lenguaje que estaba forjando: el guitarrista Mike Bloomfield, cuyo blues eléctrico tenía alma de poeta; el baterista Bobby Gregg; el pianista Paul Griffin; y, de forma casi accidental, Al Kooper, quien, aunque había venido como productor asistente, terminó sentado frente a un órgano Hammond que no sabía tocar —pero cuyo sonido definiría Like a Rolling Stone para siempre.
Las sesiones fueron intensas, rápidas, casi instintivas. Bob Johnston sustituirá a Tom Wilson en la producción, lo que le dará un nuevo sonido a la transformación dylaniana. Dylan no busca la perfección técnica, sino intensidad emocional. En apenas tres jornadas —15 y 16 de junio, y 29 de julio— graba casi todo el ábum. La pieza central, Like a Rolling Stone, surgió de un poema de diez páginas escrito en un momento de rabia y agotamiento. Convertida en canción, se extendía más de seis minutos, algo inaudito para la radio de la época. Pero cuando Kooper improvisó esa línea de órgano, y Bloomfield lanzó sus frases de guitarra como latigazos, quedó claro que el formato ya no importaba: lo que importaba era la fuerza de la voz, la crudeza de la letra, la sensación de que algo antiguo se estaba desmoronando.
El álbum, publicado el 30 de agosto, era un mapa sonoro de una América en crisis: Tombstone Blues con su desfile de personajes bíblicos y absurdos; Ballad of a Thin Man, con su acusación críptica a los que “no saben lo que está pasando”; Desolation Row, una epopeya acústica de once minutos poblada por figuras históricas y literarias en ruinas; y, por supuesto, el propio Highway 61 Revisited.
La crítica tardó en entenderlo, pero el impacto fue inmediato. Los jóvenes escuchaban esas canciones como si fueran mensajes cifrados; los músicos las estudiaban como partituras del futuro. Highway 61 Revisited no era solo un disco: era una declaración de independencia artística, un manifiesto sonoro que rompía con las convenciones del pop, del folk y del rock, para inventar algo que aún no tenía nombre.
El otoño de 1965 llevó a Dylan y a The Hawks a una gira norteamericana marcada por el caos: abucheos, críticas feroces y una prensa desconcertada. Pero Dylan ya no explicaba nada entre canción y canción; solo tocaba, con una intensidad que rozaba lo ritual. Sesenta años después, Highway 61 Revisited sigue siendo más que un álbum: es una brújula para quienes buscan sentido en medio del ruido, y el año 1965 fue para la música de Dylan mucho más que la electrificación, fue la transformación de toda su música.
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