Corría el año 1966 y Bob Dylan estaba en plena reinvención del sonido americano. Las sesiones de grabación de Blonde on Blonde en Nashville no fueron solo históricas por la música, sino por el choque cultural. Robbie Robertson, guitarrista de The Hawks (luego The Band), recordaría después aquella atmósfera tensa: los veteranos músicos de sesión de Nashville miraban con recelo a esos «melenudos» forasteros que venían a romper sus reglas sagradas.
Pero en medio de ese caos controlado, Dylan sabía que tenía oro entre manos. Por aquel entonces, versionar a Dylan se había convertido en el deporte favorito de la industria; si querías un éxito, buscabas en su libreta. Sin embargo, Bob tenía una inquietud específica con una de sus nuevas joyas: «Just Like a Woman».
Durante una pausa en el estudio, Dylan, quizás sintiendo que la canción tenía una cadencia que pedía algo más visceral, le lanzó la pregunta a Robertson: —«¿Quién crees que podría hacer una buena versión de esto?». Robbie no dudó ni un segundo. La respuesta fue instintiva: —«Otis Redding».
La idea era brillante sobre el papel. Dylan admiraba el poderío del soul sureño y Otis era el rey indiscutible.
La maquinaria se puso en marcha poco después en Los Ángeles. El legendario mánager Albert Grossman organizó una cumbre en la suite de un hotel. Allí estaban todos: Dylan, Robbie Robertson, el titán del soul Otis Redding y su propio mánager, Phil Walden. El ambiente estaba cargado de respeto mutuo. Dylan se sentó y tocó la canción para él. Otis escuchó atentamente, captando la melodía, sintiendo el groove potencial. Al terminar, quedó impresionado; le gustaba la canción, le gustaba el sentimiento.
Parecía un trato hecho. Otis se llevó una cinta de demostración para trabajar en ella, convencido de que podía llevarla a su terreno. Pero cuando llegó el momento de enfrentarse al micrófono, la magia se rompió por culpa de un tecnicismo lírico muy «dylaniano».
La leyenda cuenta que Otis, un cantante de instinto, ritmo y grito visceral, se estrelló contra el famoso puente de la canción:
«With her fog, her amphetamine and her pearls» (Con su niebla, su anfetamina y sus perlas)
No fue solo un problema de moralidad por la referencia a las drogas —aunque eso pesaba en el mercado del R&B de la época—, sino un problema de fraseo. Otis le confesó a su entorno que la canción tenía «demasiadas malditas palabras». Intentar encajar un término tan clínico y largo como «amphetamine» en el compás sincopado del soul de Memphis le resultaba imposible. Se le trababa la lengua; cortaba el flujo, mataba el soul.
Al final, Otis Redding descartó la grabación. El mundo se quedó sin escuchar cómo la voz más potente del soul hubiera desgarrado esa balada, todo porque Dylan, fiel a su estilo, había priorizado la poesía compleja sobre el ritmo puro. Una colisión fascinante entre dos genios que hablaban idiomas musicales ligeramente distintos.
La versión de Just Like a Woman de Roberta Flack
Quien sí logró domar la compleja métrica de la canción fue Roberta Flack, regalándonos una versión que es pura seda. Hay un detalle magistral en su interpretación que merece una escucha atenta: al igual que otras voces femeninas que se han atrevido con el tema, Flack juega con la perspectiva para sortear la dificultad. Se apropia del dolor en la primera y tercera estrofa cantando en primera persona («I»), pero marca una distancia de seguridad en la segunda, justo donde aparece el verso «maldito» de las anfetaminas, pasándose a la tercera persona («She»). Una solución elegante y narrativa para una canción difícil, demostrando que, a veces, para cantar a Dylan hay que saber reinterpretarlo.
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