Nunca digas a nadie que no tienes el Blonde on Blonde

Si sois como yo, probablemente habréis visto Alta Fidelidad (High Fidelity) docenas de veces. Para los que vivimos obsesionados con la música, la película de Stephen Frears, basada en la novela de Nick Hornby, no es solo cine; es casi un documental sobre nuestras neurosis.

Pero más allá de las listas de «Top 5» y los desamores de Rob Gordon (John Cusack), hay un instante que resume perfectamente la militancia dylanita. Hablo, por supuesto, de la dinámica en la tienda Championship Vinyl.

Probablemente uno de mis momentos favoritos de High Fidelity es la escena en la que se mezclan algunas historias en la tienda de discos, con un Jack Black desatado en el papel de Barry. Entonces es cuando se produce ese legendario diálogo entre él y el tímido Louis (Todd Louiso):

— ¡¿No lo tienes?! Eso es perverso. ¡¡No digas nunca a nadie que no tienes un jodido Blonde On Blonde!! … Todo estará bien.

(mientras le lanza una copia en vinilo del disco)

— ¡Genial!

Es Jack Black en estado puro, justo antes de convertirse en una superestrella mundial, capturando esa arrogancia del «entendido» musical.

Hubo un tiempo que no tener el Blonde on Blonde en tu estantería era una falta notable en la exploración musical. Un álbum que ha ayudado a muchos a pasar el tormentoso naufragio de la adolescencia, un puñado de canciones que han puesto letra a nuestros desamores, una obra más allá de su contenido, es la cima de la unión de la poesía y el rock de 1966, Dylan en estado puro, el doble álbum que lo cambió todo.


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