¡Que abran las puertas del cielo a Dylan!

El reciente premio nobel de literatura llega a España con su gira The Never Ending Tour, que le llevará además a Madrid y Barcelona.

– Por Alonso Roca

Han pasado tres años desde que el hijo pródigo de la canción protesta y el viejo rock and roll pisara por última vez nuestro país. Y poco queda ya de aquel joven pegado a una guitarra con labios de metal.

Mr. Dylan tiene ya 76 años y 44 discos a sus huesudas espaldas; unas tablas sobre el escenario y un legado que solo unos pocos poseen. Sabe moverse. Tuvo en sus manos el S.XX, pero eso ya pasó, los tiempos han cambiado, y él lo sabe. Por ello abrió el concierto con un “Things have changed” que sentaron las bases de todo lo que vendría a continuación. Ritmos bluseros, arenosos, que por momentos recordaban a la época -una de las muchas que tiene- más rockera de Dylan.

Aspecto antes del concierto / foto: Gaceta Castellana

Ahora ya no camina junto a su guitarra, la edad no perdona, y es un piano negro el que acompaña a Dylan durante todo el concierto. Se sienta junto a él, casi parece escurrirse sobre el banco, y acompaña discretamente a una excelente banda con sabor a “blues”. Tony Garnier era el encargado de marcar el ritmo sobre las cuatro cuerdas, mientras Charlie Sexton se encargaba de armar esos riffs tan característicos de la música de Dylan.

El repertorio del de Minnesota es inabarcable, pero la elección de los temas es minuciosa y concienzuda. Ofrece un par de temas de cada uno de sus periodos musicales, destacando especialmente sus clásicos: “Highway 61 Revisted”, al que arrebató ese ritmo desenfrenado para imponer un tono country-blues más pausado, “Tangled up in blue”, o los dos últimos bises “Ballad of a thin man” y “Blowing in the wind”, que además de remover recuerdos, provocaron algún movimiento rítmico de cuello entre el público.

Bob Dylan y su banda en Salamanca / foto: N. Núñez – Gaceta Castellana

Una canción tras otra, Dylan ofrecía un festín para todos los melómanos presentes. Sin un solo hueco para bromear, saludar o contar cualquier chascarrillo. Nada de eso, Bob habla con sus canciones, y la noche de ayer lloró, protesto, se reveló e incluso se acordó de Dios con su etapa más religiosa. Las palabras de Dylan son acordes.

Viejos focos oxidados iluminaban el escenario, detrás, un enorme telón rojo arropaba a la banda. Un homenaje a los viejos locales de jazz del Nueva York del S.XX, un siglo que Dylan hizo suyo. Él lo manejo a su gusto hasta cambiar el rumbo de la música. A este Dylan aún le quedan balas en la recámara, cuidado.

Artículo publicado originalmente por Alonso Roca en Gaceta Castellana.
Alonso Roca es estudiante de periodismo en Valladalid

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